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En la siempre pintoresca, autóctona, fértil y tropical geografía colombiana, existe una categoría ontológica superior que trasciende la simple biología, la declaración de renta o el certificado de antecedentes judiciales: pertenecer a la honorable y exclusiva cofradía de la “gente de bien”.
No es cualquiera el que ostenta semejante título nobiliario de la cotidianidad criolla. Ser de la “gente de bien” no requiere haber salvado ballenas, donado un riñón a la ciencia o jamás haberse colado en una fila del TransMilenio. No, señor. El carné se adquiere por autoproclamación y se valida mediante estrictos protocolos estéticos, económicos, geográficos y morales.
Veamos, a modo de guía de supervivencia y antropología urbana, cómo identificar a un espécimen certificado:
* El vehículo como extensión del alma: La “gente de bien” no se desplaza en bus o en colectivo, ellos tienen carro y en caso de no tenerlo (y de ser pillados en un taxi), siempre pronunciaran frases como “lo tengo en el taller”, “tengo pico y placa” o “se lo presté a una amiga que está pasando por un mal momento”. Esta estirpe conduce camionetas SUV altas, preferiblemente blancas, negras o grises, de marca alemana o japonesa, con vidrios oscuros. Si alguien se le atraviesa en la vía, la “gente de bien” no pita con rabia proletaria, sino con la autoridad divina de quien cree haber pavimentado ese carril con el sudor de sus tatarabuelos.
* El pánico escénico a lo público: Para este selecto grupo, la palabra público es sinónimo de cataclismo. El hospital público es una antesala del cementerio; el transporte público, un zoológico indecoroso y mal oliente; y la educación pública, una fábrica de guerrilleros con carné de medio tiempo. La salvación del país, según sus propias escrituras sagradas, radica en privatizar hasta el oxígeno, no sea que alguien lo respire sin haber pagado la debida membresía.
* La moral de sobremesa: Su brújula ética es fascinante. Son profundamente devotos de la familia, la tradición y las buenas costumbres… siempre y cuando las costumbres ajenas no involucren, piensen, vistan, duden u opinen distinto. Si un político de su afecto desfalcara al Estado, es un “desliz estratégico” o una “persecución de la justicia politizada”; si un joven de ruana o gorra camina por su cuadra a las nueve de la noche, es un peligro inminente que amerita llamar al celador, al cuadrante y encomendarse al Dios todopoderoso.
* Ser estrictos al milímetro: Aman el orden, pero a su medida. El orden donde el semáforo en rojo es opcional si van tarde a una cita con alguno de sus pares, pero de implacable cumplimiento para el repartidor de aplicaciones que intenta ganarse el mínimo bajo la lluvia.
Al final del día, la paradoja colombiana es entrañable: todos aspiramos, en algún momento de debilidad existencial, a que alguien nos mire y diga con un suspiro de alivio: “No te preocupes, este es de los nuestros, es gente de bien”.
Mientras tanto, el resto de los mortales (los de a pie, los del bus lleno, los que andan con alguno de los servicios públicos cortados, los que pagan arriendo, los que no se bañan porque el agua llega intermitentemente a su casa) seguiremos aquí abajo, en el mundano caos, preguntándonos si para pertenecer a esa élite bastará con comprarse una camioneta de alta gama o si, por fortuna del destino, seguiremos siendo, simplemente, gente.
