Jueputa, perdimos

Jueputa, perdimos

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Foto: Víctor de Currea-Lugo
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Podemos culpar (y es verdad) a las triquiñuelas de Estados Unidos, sin duda. A la falta de transparencia en el sistema electoral. A la compra de votos. A la falta de cultura política o al exceso de cultura traqueta.

No basta con gritar «fraude»; estando 4 años en el Gobierno, no se tocó el sistema electoral, entre otras cosas, porque siempre se dejó el Ministerio del Interior en manos de personas ajenas al Pacto.

No podemos culpar al enemigo (así nos llaman ellos) de que ponga una trampa; eso siempre lo han hecho. Si aceptamos esas reglas de juego, es nuestra responsabilidad jugar para ganar, no para participar.

Perdimos. Y tenemos que buscar respuestas en nosotros mismos. No podemos seguir con la excusa esgrimida, con tono de regaño, entre la primera y la segunda vuelta, de que no es el momento de criticar.

La lógica de la izquierda ortodoxa nos hizo mucho daño. No entendimos la comunicación ni el lenguaje de la gente, por estar atrincherados en los guetos de siempre. No superamos las puñaladas internas, el triunfalismo, el clientelismo, la burocracia ni la corrupción.

Nos pasaron las facturas del intelectualismo, de los errores de Petro, de la estúpida austeridad y del infantilismo vestido de pureza. Una campaña cerrada que la gente abrió a punta de sus propios esfuerzos. Si hubiéramos ganado, habría sido a pesar del Pacto Histórico.

Decir «las Fuerzas Armadas del cambio» no resolvió el vínculo con los paramilitares ni modificó la doctrina militar. Ni siquiera se desmontó el Esmad. Nuestra política exterior no trascendió los titulares (salvo en algunos casos que conozco muy bien). Seguimos siendo un país xenófobo y racista, empezando por el Palacio de San Carlos.

La anhelada «Paz Total» fracasó con todas sus letras porque propusimos esencialmente los mismos modelos que ha propuesto la derecha. Nos dio miedo pensar en la inseguridad urbana. Asimismo, podríamos hablar de otros espacios.

Cuando la izquierda se derrota a sí misma

 

El Pacto Histórico es una suma de fuerzas que arrastra sus prácticas y que no ha dado el salto para convertirse en un partido del cambio. Si quienes gestionaron esta derrota siguen al mando, el Pacto seguirá igual o peor.

Desde los años 1980 hablamos de la necesidad de una «cultura política» diferente y seguimos enredados en citar a autores posmodernos. Perdimos y dejo a otros la tarea del inventario de excusas. Mi modesta labor es diferente: mencionar la soga en la casa del ahorcado y meter el dedo en la llaga. Lo cierto es que no aprendimos ni del plebiscito por la paz ni de la primera vuelta.

Tampoco aprendemos de los errores de nuestros vecinos latinoamericanos, cuyas izquierdas están llenas de cortesanos y en las que la autocrítica se considera una traición. Ante el riesgo de un colapso del Pacto, se necesita fundar un «Pacto Crítico» que dé la cara al país, que renuncie al histórico canibalismo de izquierda y a las formas de gobernar de la derecha.

Duele porque este fracaso no puede justificarse diciendo que es «una victoria moral» o que, como jugadores de ajedrez, quedamos segundos. Y duele aún más porque esta derrota se medirá en detenidos, exiliados y muertos, cuando lo que se necesitaba para profundizar en los cambios y salvar vidas era ganar las elecciones.

Pido perdón a todas las bases: al viejito de Frontino, a la señora de Santander, a la gente del Cauca y a todas las personas que movieron todo lo que pudieron para conseguir un voto y apoyar la campaña, que le pusieron sangre y esperanza.

Y de paso, tenemos que renunciar a los purismos de las cafeterías, a la lógica de los iluminados y a las citas en las que no puede faltar la palabra «epistemología». Ya veo a mis amigos mamertos y progres, a los tibios acomodados, llamándome al orden.

En las bases no hubo claridad respecto del mecanismo de designación de la vicepresidenta. Calma, no digo que sea o no la indicada, digo que su designación, a los ojos de muchos, no fue transparente.

Sigo sin entender de dónde provenía el poder de ciertas personas en la campaña. ¿Quién empoderó a quién? ¿Por qué hubo gente marginada y casi anulada dentro del Pacto? ¿Quién tomaba las decisiones? ¿Cuál era el poder real? Si vamos a ser oposición como la campaña, mejor deje así.

Desafortunadamente, si uno apuesta a la democracia burguesa, debe aceptar, salvo que quiera perder, que la forma importa a veces más que el fondo. Y ahora mismo, sería bueno que el inexistente mecanismo de rendición de cuentas se estrenara y que cada congresista dijera realmente qué hizo durante la campaña.

La recta final de la campaña estuvo orientada a las denuncias penales, a potenciales medidas cautelares y a la invocación del derecho, como si estuviéramos en un juicio y no en un debate electoral. Era la misma lógica errónea de intentar construir la paz con el código penal en la mano.

En la recta final, se intentó negociar con las otras campañas desde una posición de superioridad moral o, simplemente, diciéndoles que la puerta estaba abierta para que se sumaran a la tradición vanguardista de la izquierda ortodoxa.

Algunos congresistas no fueron admitidos en la campaña; perdimos liderazgos nacionales y regionales porque un séquito decidió más que una bancada electa. Cambiamos un liderazgo unipersonal de Petro por un círculo cerrado.

Compañeros, perdimos y hay que ver la viga en el ojo propio, releer «La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo». Mientras tanto, culpemos a la derecha por haber hecho lo que nosotros no fuimos capaces de hacer.

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