La mañana está fría y el café invita a saborear su armónico silencio.
Ella da inicio al ritual cotidiano que mecaniza el alma y enfría el cuerpo, el reloj presiona al tiempo para sacarla a patadas de su casa.

Corre apresurada para tomar el SITP que la lleva al centro de Bogotá. Él toma el mismo autobús, pasa la tarjeta y en un instante se detiene le tiempo. Frente a ella las miradas no disimulan; él la escaneo a través de ese inmenso abrigo que llevaba, ella le brindo un poco de calor con esa estratégica ojeada.

Él llega primero a su destino, antes de bajarse del autobús, le entrega un papel con bellos números incitantes, ella lo recibe y lo guarda en su pecho, el calor recorrió su cuerpo pero no era momento de sueños obscenos, estaba a punto de llegar a su lugar de trabajo.

El día laboral se hace extenuante y ella tiene la prisa de escribirle a él. Él recibe un hola escondido entre matices de timidez, la foto de perfil de WhatsApp le dibujó una sonrisa. Él le responde con un hola lleno de euforia.

Las palabras iban y venían hasta que acordaron tomar un café. Los cuerpos estaban agotados por la larga jornada laboral, pero ese café no se podía dejar para después.

Con un saludo entre cortado y lleno de sonrisas ingresaron al lugar acordado para el encuentro, hablaron y hablaron, el café deambulaba de mesa en mesa hasta que un beso apagó el frío.

Sin meditarlo, ella se fue con él para su guarida, la oxitocina no da espera para ser liberada. Entran al apartamento estropeándolo todo y pisándole la cola al gato.

Las manos inocentes de él, tropezaron torpes en los pequeños pechos de ella. Las piernas temblaban mientras los labios se encontraban en el mar de la saliva.

La ingenuidad no encontraba el clítoris y la inocencia no daba pie para coquetearle al vacilante pene.

Ella sentía fuego en sus caderas, él no podía descifrar el rompecabezas del sostén, los pantalones se enredaban en la pureza de la entrepierna.

Ella enredó sus manos en la espalada de él. El sudor se confundía entre el placer y la timidez, ella arrojó los calzones al espejo, él solucionó el problema del sostén… Ella le mordió la oreja, él le aruño los muslos; se daban caricias torpes llenas de ternura.

Él sucumbió con temor hasta el final, ella lo recibió con un beso apretando sus brazos, llegaron al momento exacto en la posición perfecta para los inocentes principiantes. Él se quedó inmóvil, ella muy pensativa… Se miraron frente a frente, ella cubrió su frágil cuerpo, el oculto su desnudez, era como si no se hubieran dado cuenta de lo que acababa de pasar.

Ella se levantó de la cama y buscó sus calzones, sus pechos enseñaban el frío de la noche, él se colocó los pantalones y un leve pellizco con la cremallera le sonrojó las pálidas mejillas.

Ella se arregló el cabello y él le ofreció un café, ella lo bebió, cada sorbo se hacía eterno, él con voz entrecortada le dijo —gracias, ella respondió –igualmente—, él le preguntó — ¿nos volveremos a ver?— ella le dijo en un tono suave y cariñoso –tal vez—.

Él la acompaña a tomar un taxi, ella le da un beso en la frente, él la abraza muy fuerte, como si supiera que no la volvería a ver jamás.

Ella se sube al taxi y con su mano derecha le dice adiós, rumbo a su casa, en la carrera 30, un camión sale de control chocando con el taxi, este quedó
totalmente destruido.

Tal vez se vuelvan a ver al sabor de un buen café…

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