El fútbol colombiano no está en crisis por falta de talento ni por ausencia de hinchas: está atrapado en un modelo de poder concentrado. Mientras en clubes como Sport Club Corinthians Paulista los socios eligen presidente y exigen cuentas, aquí la mayoría de equipos funcionan bajo estructuras cerradas donde el aficionado solo paga, pero no decide. En países como España y Argentina, instituciones como FC Barcelona o Boca Juniors mantienen modelos asociativos que, con todos sus defectos, garantizan algo básico: control democrático y responsabilidad pública.
En Colombia, en cambio, el hincha es cliente, no ciudadano del club. No vota balances, no elige dirigentes y rara vez tiene mecanismos reales para exigir transparencia. El mito del “dueño salvador” ha demostrado ser frágil: cuando el inversionista se equivoca, se cansa o enfrenta problemas, la institución se tambalea. Y en un país donde el fútbol tiene enorme peso social y político, la concentración del poder en pocos nombres no solo afecta lo deportivo, sino también la credibilidad de todo el sistema.
Democratizar los clubes no es una utopía romántica ni una garantía de títulos; es una apuesta por gobernanza y sostenibilidad. Significa que las decisiones no dependan del capricho de un accionista, sino del mandato colectivo de sus socios. Si el fútbol colombiano quiere dejar de repetir ciclos de crisis administrativa y promesas incumplidas, el debate no debería ser quién pone el dinero, sino quién tiene el poder. Porque cuando el club es verdaderamente de su gente, el fracaso no se esconde: se vota, se corrige y se transforma.
En épocas de elecciones vale la pena reflexionar sobre la democracia y sus alcances sociales. Y el fútbol no debería ser la excepción.


