LA DELGADA LÍNEA ENTRE SER EXAGERADAMENTE AMABLE Y SER LAMBÓN CON LOS POLÍTICOS

LA DELGADA LÍNEA ENTRE SER EXAGERADAMENTE AMABLE Y SER LAMBÓN CON LOS POLÍTICOS

Por: Un lagarto
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Hay un momento crítico en la vida pública de cualquier ciudadano: encontrarse cara a cara con un político en campaña, en un centro comercial, en la fila de un banco o inaugurando una obra inconclusa. En ese preciso instante, el cerebro sufre un cortocircuito moral. ¿Dónde termina la cortesía básica y dónde empieza la abyección más profunda conocida en la zoología nacional como el “arte de ser lambón”?

Hablemos con franqueza. El colombiano promedio es lambón por naturaleza con todos los políticos. La evolución humana nos tomó millones de años para enderezar la columna vertebral, solo para que el servilismo moderno demostrara que la flexibilidad lumbar es mucho más rentable. El lambón no camina: se desliza. No habla: hace eco. Si el líder dice que el sol sale por el oeste, el lambón no solo lo aplaude, sino que corre a culpar al imperialismo o a la oposición por haber movido el horizonte.

La belleza de este oficio radica en su nulo requerimiento de capital o intelecto. No necesitas un doctorado en Harvard ni entender de macroeconomía. Solo necesitas dos herramientas biológicas: unas rodillas super resistentes y una lengua extremadamente húmeda y con la textura suficiente para engolosinar. El resto lo pone el presupuesto nacional.

Para evitar papelones históricos, aquí va una guía rápida de supervivencia social:

El termómetro del saludo:

* Nivel 1: El ciudadano estándar (Educación pura):

Saludas con un apretón de manos firme, dices “Buenos días, Señor” y sigues tu camino. Si te pregunta cómo estás, respondes: “Bien, gracias, afortunadamente con trabajo (así estés desempleado)”. No hay contacto visual prolongado, ni lágrimas de emoción.

* Nivel 2: El optimista prudente (Riesgo moderado):

Le deseas suerte en su gestión y le recuerdas que andas buscando una muy buena oportunidad laboral,en una sola frase. No le alabas el peinado, ni la ropa,ni le dices que se ve más joven que en las vallas publicitarias, ni que está más delgado, ni que está más simpático que de costumbre.

* Nivel 3: El abismo del lambón (Zona de peligro):

Le sostienes el maletín, te ríes de los chistes malos como si fueran monólogos de un comediante famoso yle aseguras que “él es la única persona que puede recoger el sentimiento, la necesidad, el inconformismoy el cariño de todos los colombianos”.

Manual del arrastrado perfecto: Guía para no morir de dignidad:

Qué pereza la dignidad. Ese estorbo moral que obliga a la gente a caminar erguidos, a mirar a los ojos y, peor aún, a pagar impuestos con el fruto de su propio trabajo. Qué falta de visión corporativa. Mientras el ciudadano promedio madruga a ganarse el pan con el sudor de su frente, el verdadero visionario (el lambón profesional) sabe que el pan sabe mejor si se unta con el sudor de la frente del concejal, del diputado o del ministro de turno. Ser un adulador de políticos no es un vicio; es la profesión más antigua, segura y lucrativa del mundo.

Muchos critican al lambón diciendo que vende su alma. ¿Pero quién necesita un alma cuando el candidato te puede nombrar en un cargo al cual nunca tienes que ir (excepto a radicar la cuenta de cobro y a saludar a tus amigos)? Es un intercambio justo. El político promedio recibe la dosis diaria de ego que necesita para olvidar que es un incompetente (así sea muy estudiado), y el lambón recibe las migajas del banquete estatal. Al final del día, cuando el político caiga en desgracia (como inevitablemente pasa) y termine en una celda VIP o huyendo hacia un paraíso fiscal, el lambón no sufrirá. Su lealtad no es hacia el hombre, sino hacia el cargo.

El verdadero «lambón» político no nace, se hace a base de refinadas técnicas:

1. La risa anticipada: Te ríes antes de que el político termine el chiste, demostrando telepatía con su ingenio.

2. El diminutivo estratégico: Si se llama Carlos, le dices “Carlitos”. “Charlie” o “Jefecito”, aunque tenga la edad de tu abuelo y cara de coprófago con muy pocos amigos.

3. La memoria selectiva: Olvidas milagrosamente cualquier falta de cortesía, ofensas del pasado o promesas incumplidas y finges que sus comentarios, cualquiera que ellos sean, son el mayor hito de la humanidad desde la invención de la rueda.

Así que a dejar la envidia, queridos trabajadores honestos. Mientras ustedes se quejan de la inflación y de la falta de oportunidades laborales (por haber ganado el candidato por el que tu no votaste) en redes sociales, el lambón ya está organizando el comité de aplausos para la próxima reunión con el “equipo de trabajo” en un lujoso restaurante en donde jamás llevarías a tu familia a comer por los altos precios (y porque allí no venden corrientazo, calentao, ni fritanga), o en un humilde barrio, para que la gente vea que el equipo está trabajando de la mano con la comunidad.

¡Larga vida a la zalamería!

Reflexión social: La diferencia es simple: la educación nace del respeto mutuo; la lambonería nace de la esperanza (casi siempre infundada por amigos que están sin trabajo igual que tú) de que te consigan un puesto de asesor nivel tres en una Secretaría o en cualquier otra Entidad Pública.

La próxima vez que saludes a un dirigente, hazte un favor: si sientes que la columna vertebral se te dobla más de cuarenta y cinco grados hacia adelante, enderézate.

El país se construye con ciudadanos de pie, no con alfombras humanas.

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