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Los colombianos atravesamos un momento de reconfiguración política. Mediante el cual se presenta una fuerte confrontación ideológica, que ponen en discusión los problemas de seguridad y, las históricas demandas sociales,que desafían la escasa capacidad del Estado, para entregarrespuestas oportunas y eficaces, a las sempiternas necesidades de la población. Dicho momento, se enmarca en un giro abrupto y, total en el direccionamiento, gubernamental y de la Administración Pública. Una visceral disputa ideológica, definida equivocadamente, en los fuertes debates guerreristas en el Congreso de la República, en torno a la responsabilidad del Estado, frente a las demandas, sociales, económicas, políticas y de participación de la ciudadanía, la superación del conflicto armado y, en la construcción de una Colombia para todos.
Con este lúgubre panorama político, se equivocan quienes, desde sus discursos egocéntricos y, hasta temerarios, se reclaman los ungidos por la Divinidad para hablar de paz y desarrollo económico, desde una narrativa separatistas y, argumentada para el fortalecimiento del odio político. Así las cosas, desde el mismo ejercicio político se ha configurado el mayor instrumento venenoso que convierte a los ciudadanos en enemigos a ultranza. Considero, como lo han afirmado los teóricos de las democracias modernas, que el poder no debe ser un instrumento de venganza. Gobernar exige las mayores responsabilidades que puede asumir un dirigente político. Conlleva, entre otras cosas, administrar con decencia y pulcritud los recursos públicos y, obviamente, la protección y atención oportuna de todos y cada uno, de los derechos de los ciudadanos.
Sin duda alguna, el ejercicio del poder político exige definitivamente, mucha responsabilidad, un toque de prudencia, respeto por todas las diferencias e impajaritablemente, una delicada comprensión de aquello que significa, representar juiciosamente una sociedad totalmente diversa. Pero, cuando el odio se convierte en la única herramienta de la gestión política, se destruye literalmente el sagrado propósito de gobernar para todos y, se alimenta desaforadamente el deseo violento de silenciar al adversario. El violentismo supera la razón. Y, como consecuencia de lo anterior, se desarma la discusión política inteligente, la transforma en el desdén de las posibles soluciones a las distintas problemáticas sociales y, termina descalificando a todo aquel que piensa diferente.
Olvidan los gestores políticos del odio, que las democracias modernas requieren para su ejecución, la diversidad de ideas,dentro de un marco ideológico de oposición y, un debate público inteligible. El verdadero nudo gordiano, aparece cuando, desde los medios de comunicación al servicio de la incomprensión, se construye un relato dogmatizador para declarar abiertamente enemigo y, hasta terrorista, al que piensa distinto, al pensamiento otro. Y, para concretar y difundir la consigna de enemistad, se esgrime la religiosidad, lo divino y eterno. Se escupen los credos religiosos más conservadores y, retrógrados, sacando a flote la peligrosidad del fanatismo, tanto, religioso, como político. En la inmensidad del odio político, poco importa servir a la sociedad. La única premisa cierta y valida, responde a aquella que entroniza los resentimientos personales y, en el cobro de supuestas cuentas o deudas políticas.
Es apenas normal y justo que, en los debates políticos modernos, se enfrenten respetuosamente, los distintos actores políticos, a saber; la izquierda, la derecha y, el llamado centro. En estos espacios propios de las democracias modernas, se evidencian diferencias de toda índole, por ejemplo; el modelo económico, la justicia social y, el papel del Estado en el devenir nacional, entre otros muchos temas. Y, claro que es legítimo y legal defender cualquiera de las posturas señaladas, siempre y cuando se hagan desde un marco democrático civil. Ahora bien, lo que resulta reprochable desde todo punto de vista, es que los distintos sectores políticos, utilicen las diferencias ideológicas y políticas para impulsar y/o apoyar el desprecio hacia aquellos colectivos, declarados adversarios, negando su legitimidad simplemente porque defienden otra visión política e ideológica.
La Patria, (palabra de moda) requiere dirigentes políticos que implementen diariamente lo que se conoce como,inteligencia emocional en todas sus actuaciones al menos públicas. Para que de esa manera interpreten la nación y, recuerden siempre y en todo momento, que el interés general está por encima de los intereses partidistas. Que el bienestar general no puede estar sujeto a los caprichos o simpatía que un gobernante exprese hacia un determinado sector de la sociedad. Es claro y evidente, que gobernar sin odio, no significa necesariamente, falta de carácter, ni mucho menos, renunciar a la autoridad y, a sus obligaciones establecidas en la ley. Nada de eso. Menos, permitir la corrupción, tampoco,ignorar conscientemente los delitos, nunca jamás.
Totalmente de acuerdo, un gobernante siempre tiene que actuar con firmeza y determinación frente a aquellos que quebrantan la ley, sin miramientos. Proteger a las victimas de delitos, combatir decididamente la corrupción, claro está, que dichas actuaciones deben estar respaldadas siempre y en todo momento con las correspondientes pruebas, acompañadas de procedimientos legales, nunca jamás en venganzas individuales, o en prejuicios ideológicos.
Las palabras tienen poder, desde siempre. El lenguaje político irresponsable y corrosivo, comporta consecuencias siempre lamentables, que contribuyen abiertamente a las divisiones políticas y sociales, que debilitan significativamente el constructo social, patrimonio elemental de un Estado Social de Derecho.
Sabemos todos, que la justicia social no se puede construir con resentimiento y, que gobernar no es vengarse. Gobernar es educar. Gobernar significa, entre otras acepciones, superar el narcisismo histórico que cargan la mayoría de los dirigentes políticos.
