Por: Clara López Obregón

Llegó la hora de recuperar los derechos y garantías laborales, afrontar la crisis climática y promover un modelo productivo amigable con el medio ambiente y los derechos de los trabajadores.

Hace cincuenta años, Milton Friedman, impulsor desde la Universidad de Chicago del neoliberalismo, articuló el núcleo de su concepción económica en un muy citado artículo del New York Times: “Hay una única responsabilidad social de los negocios: utilizar sus recursos y participar en actividades diseñadas para aumentar sus beneficios mientras se mantengan dentro de las reglas del juego”.
Afamados economistas como Joseph Stiglitz y Dani Rodrik han afirmado que la versión extrema del capitalismo que impulsó la doctrina Friedman generó los graves problemas actuales de creciente desigualdad, concentración de riqueza, crisis climática e inestabilidad económica. Ello se debe a que la concentración excesiva de poder económico en pocas manos conduce a una concentración tan extrema del poder político que se desnaturaliza la democracia. El proceso electoral ya no responde a una persona un voto, sino al poder económico concentrado que con sus hondos bolsillos acapara miles o millones de votos. El poder del dinero determina en buena medida el resultado de las elecciones por vía de la financiación lícita e ilícita de las campañas políticas, desde el humilde edil hasta la presidencia de la República. Por ese conducto, el poder económico concentrado se manifiesta en la confección de normas y la ejecución de políticas públicas que sirven su interés particular el cual encubre con el discurso del interés común. De esta manera desvía el poder público hacia los intereses creados de los grandes consorcios económicos privados, la mayoría con entronques transnacionales. La elaboración y aprobación de leyes, decretos y regulaciones son víctimas de “presiones políticas” que esconden “presiones gremiales” de los más poderosos.

A manera de cualquier senador o incluso ministro, los voceros de los gremios de la producción, el comercio y las finanzas abogan por la precarización de la política laboral y pensional, la estigmatización de la protesta social, limitaciones a las consultas previas con las comunidades étnicas y la aprobación de las licencias ambientales cuestionables. El pronunciamiento público se acompaña de una capacidad de lobby silencioso en las comisiones del Congreso, las de regulación gubernamental y hasta en las misiones de expertos encargados de confeccionar recomendaciones de política pública con las cuales se direcciona el proceso de toma de decisiones.
Friedman pensaba que el ánimo de lucro debía someterse a las reglas juego. Pero ¿qué sucede cuando las reglas de juego dejan de ser el resultado del libre juego democrático para ser confeccionadas en la sombra por quienes promueven intereses netamente particulares? El poder concentrado del dinero corrompe la democracia y convierte en autoritarias a sus instituciones. Es así como al amparo del sistema democrático, las minorías con poder económico concentrado subvierten la voluntad popular a través de la financiación de campañas y la famosa puerta giratoria para el bienestar individual de altos funcionarios público-privados. Se sirven además de equipos de abogados altamente especializados en codificar en la ley y el reglamento los intereses del capital en detrimento del trabajo, el territorio, las comunidades y el medio ambiente.

Este mecanismo del capital no es monolítico. De él se escapan figuras y sectores comprometidos con los ideales de una democracia compartida. Los esfuerzos de sectores extrañados de los partidos tradicionales son una fuente para estructurar una democracia abierta. La principal fuerza está en las movilizaciones sociales que empiezan a prender motores en Costa Rica, Colombia, Nigeria, Tailandia y que se han manifestado electoralmente en Bolivia y Chile, con contundentes victorias democráticas. La democracia restringida de las élites puede y debe reconvertirse en una democracia popular que responda a los intereses de todos. Ese es el populismo que tanto estigmatizan.
Llegó la hora de recuperar los derechos y garantías laborales, afrontar la crisis climática y promover un modelo productivo amigable con el medio ambiente y los derechos de trabajadores, trabajadoras, campesinos, etnias y capas medias. El capitalismo salvaje de los “Chicago boys” empieza a ser desplazado mediante el voto popular masivo para recuperar las instituciones democráticas que el dinero logró por un tiempo copar. La hegemonía del capital de la doctrina Friedman comienza a sucumbir ante el populismo democrático de la ciudadanía organizada.

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