Nuevos capitalistas añoran el comunismo

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Por: Germán Navas Talero y Pablo Ceballos Navas

Editor: Francisco Cristancho R.

No todo lo regalado es bueno. Es bueno cuando es un premio, pero cuando se hace costumbre es vagabundería.

Nuestro corresponsal en el extranjero dejó Georgia y arribó hace unos días a Turquía. A su llegada se topó con uno de los comportamientos más deleznables para el viajero y que desafortunadamente ocurre con frecuencia en ese país –lo decimos con conocimiento de causa y por relatos de terceros–: la falta de generosidad y el ánimo de lucro exacerbado. La sonrisa se cobra, la indicación se paga por adelantado y hasta el préstamo momentáneo de un cargador se debe retribuir. En el hotel en el que se aloja, Germán hubo de solicitarle a un recepcionista si podía prestarle por unos minutos un cargador para su celular, pues estaba próximo a apagarse y, como sabrán quienes han viajado, este elemento se ha convertido en uno de primera necesidad. El trabajador le respondió que lo haría gustoso, pero preguntó cuánto pagaría. Germán, naturalmente confundido, reparó en que la solicitud no era a guisa de venta sino de préstamo, a lo cual el recepcionista insistió en que en cualquier caso debía pagar por su uso. Imaginen, si esto es así en un hotel caché, ¿cómo será en los otros?

Al salir a la calle, los viajeros constataron que no era cuestión exclusiva del hotel y que por el contrario, en todos los establecimientos se pide –en modos que ponen en entredicho su carácter voluntario– el reconocimiento de propinas para el personal. Por lo visto, en Turquía los gestos de amistad con desconocidos son extraños y por ende deben acompañarse de un beneficio económico para quien los extiende. Al parecer no es gratuita la referencia en el dicho que reza “cobra más que un turco”. Por lo demás, Estambul es una ciudad impresionantemente grande, dotada de buenas vías y un transporte público multimodal que, al igual que el célebre puente sobre el Bósforo, une Europa con Asia. Lo único que no ha sido del agrado de nuestro corresponsal son las enormes distancias que deben recorrerse para llegar de un lugar a otro: según cuenta, el viaje desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad toma una hora sin trancón, pues a cualquier hora es copioso el tráfico por las autopistas.

En materia política este país está sujeto a las veleidades de su gobernante: el señor Erdogan a veces está bien y a veces está mal. Hablando de sensibilidades políticas, a Germán le llamó la atención que en Georgia haya quienes añoran el comunismo de antaño. Un conductor, con la apariencia de un hombre que linda los cincuenta años, manifestó que en estos años se vive con toda clase de preocupaciones, caso contrario a los tiempos del régimen estalinista en los que, a su juicio, no existía preocupación alguna. Agregó que la tranquilidad de antes provenía de la seguridad de tener un puesto de trabajo, educación para los niños y vivienda para la familia, certezas que ya no existen en Georgia. Sostuvo que en vigencia del poder soviético el joven que se recibía como profesional tenía ocupación garantizada, mientras que ahora son muchos quienes se ven forzados a pasar un periodo sabático en espera de un puesto de trabajo. En resumidas cuentas, el trabajo pasó de ser una obligación a un privilegio sin el cual no se puede vivir.

Los georgianos con quienes conversó Germán parecen estar desilusionados de su situación actual, un sistema ciertamente capitalista, pero pobre en comparación con naciones vecinas. La ilusión de un cambio tras el establecimiento de un Estado europeo con instituciones de mercado se ha diluido y en su lugar se ha afincado un sentimiento de abandono, resentimiento y rechazo que podría llevar a esta nación por el camino autoritario de pares como Hungría. Reiteramos que estas son las expresiones de algunos nacionales georgianos, transcritas conforme al mejor recuerdo de Germán, y no son nuestras opiniones ni conceptos. Nos veremos la próxima semana con una nueva entrega de nuestro colaborador viajero.

Adenda: en sus andanzas de peregrino –es decir, quien visita tierras extrañas– Germán observó que de Georgia tuvo que provenir la familia de Tremebunda, suegra de Condorito, pues su apariencia es común en ese país. Eso sí, la mayoría de estas mujeres cuentan con la fortuna de tener unos ojos que parecen piscinas y cabello rubio natural en abundancia.

 

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