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El coronavirus rondaba la mente y el cuerpo de algunos colombianos en marzo de este año. Yo estaba entre las que no sabía que creer y estaba más del lado de las teorías conspiranoicas que me llevaban a pensar que íbamos a estar bien y que no sería nada grave. Pero entonces, aparecieron los casos y lo primero que pasó en mi casa es que los niños no fueron más a clase. Porque si bien yo no creía mucho en la mortalidad del virus, la verdad es que en casa , mi madre con insuficiencia renal no podía de ninguna manera estar expuesta. Así pues, los niños no salieron más.
Desde ese momento yo, que trabajaba en la cadena de abastecimiento y sabía que no me podía quedar en casa pues mi sueldo dependía de los días que trabajara, tomé la decisión de alejarme de mi madre, mis hermanos y mis hijos.
Pero las cosas empeoraron y decretaron el simulacro, el cual apoyé sin dudarlo, pero la incertidumbre estaba a la orden del día. La gente no sabía si comprar esto o aquello, no sabía si abriríamos en esos días o tendrían que abastecerse para todo el simulacro y para después. Intentamos explicar que todo estaría bien, que seguiríamos abastecidos y abasteciendo durante los días del simulacro. Pero tuvimos que cerrar cuando se decretó la cuarentena extendida, obligatoria, estricta, etc. Y no sabíamos que pensar. ¿Cómo soportar económica y financieramente esto que sucedía Pues, Una cosa son tres días, otra muy diferente son 2 semanas. A cada empleado se le permitió tomar los alimentos que considerara necesarios para sobrevivir en casa ese tiempo, pero nos asaltaban las dudas. Si no se abre, si no se trabaja no habría pago. Lo cual era obvio, si no había ventas no se podía pagar los turnos. Turnos que obviamente no se hacían. Todos para la casa a comernos el negocio que alimentaba hasta ese momento a 20 familias.
Es por esa lógica tan evidente, que no puedo evitar pensar que la crisis económica y posteriormente la crisis social no son por causa de la pandemia, son por causa de las medidas del gobierno, y no justifico la declaración de emergencia del gobierno nacional pues me parece inverosímil que el gobierno fuera incapaz de prever que si cerraban todos los negocios y si la gente no produce ni consume habría una crisis. Eso no es fortuito, es obvio que sucedería, por tanto el argumento de que todo esto era difícil de prever me parece inaudito para alguien que se jactó de trabajar para BID y así ser electo presidente.
Siguiendo con la cuarentena, así se fue una semana a regañadientes, pero programados para que así fuera. Volvimos al trabajo porque estaba fuera de toda lógica que la gente no tuviera donde comprar alimentos diariamente teniendo en cuenta sobre todo que en esa zona solo un 10 % de quienes la habitan cuentan con nevera para refrigerar y conservar alimentos y la mayoría devengaban diariamente. Lo que nos llevó a reabrir con dos escenarios; uno en el cual no abríamos y el negocio estaba a merced de los saqueos; y otro en el que abríamos pero las personas al no tener ingresos no comprarían en las mismas cantidades y tal vez fuera más barato no trabajar que hacerlo.
En efecto eso último fue lo que pasó, un local que diariamente hacia 1’500.000 en ventas pasó a vender 400 mil durante todo el tiempo que duró la cuarentena estricta, lo que obligó a que los trabajadores vieran drásticamente reducidos sus turnos y por ende sus ingresos en un 80%. ” Pero pues mejor recibir algo a no recibir nada, mejor tener trabajo a no tenerlo” ese era el mantra pues al menos hacíamos parte de un sector esencial y ya no se cerró nunca más, pero las ventas no se han recuperado.
En ese orden de ideas, seguimos trabajando, pusimos reja, compramos guantes, usábamos tapabocas siempre y sin falta. Cumplíamos los horarios caprichosos de los policías de cuadrante que a veces querían que uno se fuera más temprano o más tarde, ¿por qué? Ni idea, no hemos entendido aún los criterios ¡les juro que nos hemos esforzado!
Seguimos entonces trabajando y atendiendo, yo salía de casa, solo día de por medio, me trasladaba en bici, usaba tapabocas y guantes ; al llegar a casa me bañaba de nuevo ,desinfectaba celular y llaves, me cambiaba los zapatos y toda la ropa y solo salía a comprar comida. Celebré mi cumpleaños, el de mi esposa y el día las madres acompañada solo desde la virtualidad, entre otras precauciones, pero un día, más exactamente el 6 de junio me sentí caliente ( ¡ no en buen sentido jajaja!) , luego dolor de cabeza, y finalmente fatiga al hablar o moverme.

¿Uy , será una gripita? ¿Me habré insolado? Todo podría ser, igual no me sentía morir, solo sentía que estaba lo suficientemente enferma para no ir a trabajar al otro día e inmediatamente solicité cita en mi EPS para reportar los síntomas. La cita me la programaron prioritaria para el lunes 8 a las 8 am por teleconsulta y cuando recibí la llamada al describir que para ese momento no había podido controlar la fiebre y sentía dolor de garganta adicional a todo lo que ya les mencioné, la doctora definió que podría ser COVID -19 . Derivó la realización de la prueba a la secretaria de salud, quienes me llamarían en un lapso de 3 a 10 días, y procedió a darme una incapacidad laboral por 2 días lo máximo que la dejaba el sistema, no sin antes recordarme que debía permaneces en mi casa hasta que me hicieran la prueba y me salieran los resultados 20 días en promedio según ella. Pues… ¿adivinen que? Después de sentirme mal pero no grave durante una semana completa, me llamaron y me dijeron que entre 3 y 10 días vendrían a hacerme la prueba, que mientras tanto no saliera. Ya estaba reportada como sospechosa en las aplicaciones y la gente que la tenía descargada me podía identificar a su lado y la policía me podría poner un comparendo por no cumplir mi cuarentena. Pasaron tres semanas más y recibí la llamada de dos enfermeras y una epidemióloga, pero nadie venía a hacerme la prueba. No pudiendo más con la paquidermia institucional supe de una brigada en un parque relativamente cercano y me arriesgué a salir a hacerme la prueba exactamente el 26 de junio. Se me dijo que tendría los resultados entre ocho y diez días después. ¡ Aja… si claro !

Estos resultados se deben revisar en la pagina www.saludcapital.com ,la cual es la página designada por la secretaria de salud para tal fin. La revisaba a diario. Pasaron ocho días y nada, diez días y nada. El día 7 de julio como numero casi profético salió el resultado y o sorpresa ¡ POSITIVO! . Exactamente un mes después de mis primeros síntomas, de perder mi trabajo, de no haber devengado un centavo, de que nadie absolutamente nadie que tuviera mis datos en la institucionalidad me preguntara si tenía algo de comer, si mi economía se había visto afectada por los tiempos de espera de pruebas y resultado, por fin tenia certeza de que había adquirido el virus de la COVID-19 .Lo que no sabemos es si aún está, pues parece que esta primera prueba solo te dice si tienes los anticuerpos y no si el virus sigue presente. ¿Paso a seguir? Reportar de nuevo y teniendo en cuenta que los casos han aumentado, que el número de pruebas ha aumentado, pero los métodos de análisis tal vez no, me imagino que los tiempos de espera para la realización de una segunda prueba más específica y sus respectivos resultados serán aún más extensos y me debo programar para estar encerrada, aislada , siendo considerada contagiosa y peligrosa por un mes o más.

Yo me pregunto si los brillantes economistas y los no tan laureados asesores del presidente han pensado en todo lo que está en riesgo cuando alguien pierde sus ingresos. en mi caso porque a los infectados nos temen, nos exigen, pero nadie nos da nada. Nos piden paciencia, prudencia, compromiso con los demas, pero ¿y quién se está comprometiendo con nosotros? Somos los “desechables”, ¿quién se hace cargo de nuestras responsabilidades mientras nosotros nos encerramos para no enfermar a nadie más? Digo responsabilidades por que no solo es el dinero, son también las personas que tenemos a cargo, en otras palabras, ¿quien cuida de las personas que nosotras cuidamos? Claramente, siempre he dicho que jamás tomaría una vida por mis causas más allá de la mía propia. Por ende aquí seguiré en casa esperando aparecer en la base de datos de alguien como un humano y no como un número y que se pregunten, que es lo que “Yo” necesito.

Mejorar esta situación no solo es cuestión de plata, es cuestión de ponerse en los zapatos de los demás. Quienes disponen de los recursos y las acciones deben pensar en todos los escenarios posibles e ir mejorando las acciones , teniendo siempre presente que lo importante no es ese ser imaginario que todo lo controla, que todo lo pide y a quien temen más que a nada y denominan ” El mercado”, lo que importa es el bienestar de las personas quienes en la especificidad de sus necesidades y atención de las mismas , encuentra la verdadera acción integral de las instituciones y gobiernos.

Hoy entiendo algo que ha sido muy iluminador. Primero, que yo sabía que a fuerza de tener que salir sin poderme quedar en casa y aun con todas las precauciones me iba a contagiar y más importante aún, hoy entiendo que la peligrosidad del virus no radica en su tasa de mortalidad ( baja 2%) si no en la velocidad del contagio, lo cual hace que un 2 % aplicado a 10 millones de ciudadanos que habitan Bogotá aunque baja , en vidas humanas es altísima. Por ende, entendí que la peligrosidad del virus es directamente proporcional a la velocidad en que reaccionan las instituciones y se fortalece el sistema de salud para atender casos, pues más temprano que tarde, todos y todas tendremos la enfermedad, pero si estamos bien preparados, no tiene que morir nadie. No todos somos “el presidente ” y podemos ponernos cada vez mas gordos sin recato. No podemos comer pastel en vez de pan. No hay pan, no hay pastel, no hay televisor sin iva, no hay emprendimiento ciudadano ,no hay techo sobre la cabeza, ni esperanza en el corazón cuando nadie piensa que tus problemas son reales o si quiera que existan.

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