El cinismo de Álvaro Uribe Vélez, el irrespeto y prepotencia de Zapateiro, la indiferencia de Duque, lo incoherente de las declaraciones de Diego Molano y la complicidad del Centro Democrático y de los grandes medios de comunicación no sorprende, ni escandaliza; lo verdaderamente preocupante es que se normalizaron tanto las muertes en Colombia que hay quienes las justifican. Aplaudir que durante 8 años del Gobierno Uribe -en supuesta democracia- se dieran más de 13.000 casos de ejecuciones extrajudiciales, cifra superior a las muertes y desapariciones que ocurrieron en Chile bajo la dictadura de Pinochet en 17 años de mandato no tiene ningún sentido. No horrorizarse con el dolor del otro y verlo como ajeno, eso es un gran síntoma de una sociedad descompuesta. ¿Quién escuchando la historia de las madres de Soacha puede seguir tranquilo por la vida y no tener un minuto de reflexión?

Discutir el número es estólido, por supuesto que 6.402 entre los años 2002 y 2008 es una cifra inferior a la real, es muy difícil para personas sin ningún poder defenderse ante el Ejército Nacional, han sido muy valientes las madres de Soacha al enfrentarse a semejante monstruo, es de conocimiento público las amenazas en su contra pero ellas siguen aguerridas a la verdad porque el dolor les ha dado esa fortaleza y gracias a ellas conocemos más de las atrocidades ejercidas por el Ejército y ordenadas aún no sabemos por quién. Su lucha para que la historia no se repita es un gesto enorme de amor, como también es comprensible que familiares de otras víctimas prefieran dejarle las cosas a dios o no buscarse más muertes y problemas. El caso es que aún si fueran las 2.000 que parece reconocer Uribe y el Centro Democrático estos actos no pueden ser otra cosa que repudiados por la sociedad, negociar con vidas que en su mayoría creyeron en una oportunidad laboral, que tenían alguna discapacidad o que simplemente eran personas pobres por quien nadie iba a luchar no se puede justificar de ninguna forma.

Los soldados aunque despiadados y asesinos, no son los únicos responsables, los incentivos estaban sobre la mesa y las ordenes fueron claras: dar resultados; por números de muertes se evaluaba la seguridad democrática, bandera del gobierno de Uribe Vélez; el inocente expresidente que se apasiona hablando de muertes atrasadas y masacres con sentido social y quien amenaza con mandar callar a quienes lo cuestionan. No es verdad que quienes han manchado el uniforme de la Policía y el Ejército han sido investigados y pagan por sus actos como dice el Ministro de Defensa. Los mismos militares son los que han confesado sus crímenes ante la JEP y no se puede hablar de casos aislados o manzanas podridas cuando se dieron los mismos sucesos en diferentes departamentos, por diferentes brigadas, pero siguiendo el mismo patrón: hacer pasar como guerrilleros dados de baja en combate a personas inocentes, asegurarse que sus familias no contaran con poder para denunciar y hacer de estos asesinatos un gran logro.

¿Cómo una política de esta clase aún tiene seguidores? El director para las Américas de Human Rights Watch Josè Miguel Vivanco expresó su repudio por estos actos en un medio radial: “Los disfrazaban y montaban una escena del crimen para decir que se trataba de guerrilleros. Los que lo lograban, aseguraban ascensos, vacaciones, promociones e incluso dinero. Hemos estudiado los falsos positivos a fondo, y no hay ejemplo similar en el mundo” fueron sus palabras. En el exterior es un escándalo que no debe quedar impune; el diario El País dedicó su editorial para hablar del tema y pedirle a Uribe asuma su responsabilidad. Aquí la gente está tan mal informada y adoctrinada que el expresidente aún tiene quien lo defienda.

En Colombia tenemos una extraña costumbre de negar los hechos atroces que involucran a personas que de alguna forma son importantes para nosotros, pasa dentro de las familias con los maltratadores y abusadores que nunca son denunciados y dentro de las iglesias, incluida la muy santa católica, se oculta la realidad, se defiende a estos personajes que cometen delitos contra los más indefensos, se niega hablar de esos temas incomodos, se prohíbe y se sigue como si nada; es más fácil seguir adelante y no confesar que nos equivocamos, es más fácil seguir adelante y no pasar por la vergüenza del desenamoramiento, de la decepción, es más fácil culpar al vecino, al niño, a la mujer maltratada, a la sociedad, a la vida misma, es más fácil dar la espalda que enfrentarse al verdadero rostro del horror. Pasa también en el ámbito político donde por pereza a indagar y buscar la verdad nos sentimos identificados con un discurso -en este caso de odio- que despierta pasiones, un discurso que enerve la sangre y nos da cierto poder, el de hablar duro, el de imponerse, el poder de la venganza; producir miedo se vuelve inspirador. Andamos en círculos, todo se repite, nada cambia y hasta creemos que hemos ganado algo.

Mientras no rompamos con esa forma de asumir la vida y de menospreciar al débil, al indefenso, al contrario; mientras no tengamos el valor de cuestionar a las personas que queremos y admiramos y a nosotros mismos, esto no va a cambiar, seremos cómplices y marionetas de aquellos que defienden el poder a sangre y fuego, instrumentos de un macabro juego que aunque parezca lejano puede arrastrarnos también. Nos han llevado un estado de violencia donde las masacres ya no nos conmueven, a un estado de miedo donde la fuerza pública no nos hace sentir seguros, a un estado antidemocrático donde se censura la opinión y se acaba con la vida de grandes líderes que son esperanza de comunidades saqueadas y abandonadas; el valor de la JEP es exactamente llegar a esas verdades dolorosas y que producen vergüenza pero que se deben conocer, esas verdades del conflicto donde las atrocidades fueron cometidas tanto por guerrilleros como por la fuerza pública a orden de los Gobiernos de turno y patrocinados por grandes empresarios.

Quitémosle el poder a quienes nos han sumergido en este mar de sangre, no caigamos en su manipulación; bien decía William Shakespeare: “Si las masas pueden amar sin saber por qué, también pueden odiar sin ningún fundamento”.

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