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La rama judicial es la rama desarmada del poder, la rama más débil, incluso se ha considerado la rama menos peligrosa, salvo la valentía de sus jueces para decir la verdad, tal y como la disciernen dentro de un convencimiento reglado de las funciones judiciales a ellos delegadas.

Los griegos antiguos desarrollaron el concepto de parresía que se traduce en hablar con franqueza y decir la verdad. Cuando esta noción inició su evolución hacia 500 a. C., los reyes tenían el poder de vida o muerte sobre sus súbditos. Si no les gustaba la noticia podían incluso matar al mensajero. Los siglos purificaron la proyección ética de la parresía y hoy, tras el rastro del término develado por Michel Foucault, parece idealmente propicio para hacerle un homenaje a los jueces.

La parresía se refiere tanto al contenido mismo del discurso, como a la actividad de hablar con franqueza y decir la verdad desde el convencimiento personal de su extensión completa. Este acto reúne muchas características. Primero, sobre quién habla la verdad; en segundo lugar, sobre la audiencia a la cual va dirigida y finalmente, sobre el proceso mismo de hablar con verdad. El parresiastés o hablante de toda la verdad expresa su opinión de manera completa, sin reservarse nada y lo hace a riesgo de sí mismo, pues la verdad normalmente duele a quien va dirigida y a terceros. La parresía es muy exigente con su autor. Requiere coraje personal para asumir los riesgos, incluso de la propia vida; comprende el cumplimiento íntegro del deber e implica una crítica. Es decir, que encierra un peligro ante los interlocutores que ostentan poder de daño sobre el parresiastés.
Se me antoja que los jueces de hoy son verdaderos parresiastés. En un mundo en que todos y todas dicen lo que quieran, parlotean hasta sandeces amparados, como debe ser, en el derecho democrático a la libre expresión, se hace necesario rescatar la parresía como valor esencial de la democracia y de la vida en sociedad. Un líder político, sin poder mundano como Gandhi o Martin Luther King, puede ser epítome de parresía. Estos hombres hablaban la verdad frente al poder y les costó la vida. Pero la idea que enarbolaban les sobrevive y sigue sacudiendo a los poderosos desde los movimientos sociales que se niegan a aceptar que les arrebaten sus derechos, como en el caso de Black Lives Matters.

Para afrontar a los poderosos dentro de la institucionalidad, de más en más marcada por los abusos de poder, quedan los jueces como voz de rescate de los valores sociales conculcados. Seguramente cada juez, individualmente considerado, no es un parresiastés, pero la rama a la que pertenece le exige ser expresión de coraje institucional. Su tarea es difícil e incomprendida porque toca los intereses de los poderosos. Al constituir límite al abuso, implica riesgos a su bienestar y exige decir toda la verdad, con franqueza, integralidad y sin miedo a lo que venga. Sin esa verdad judicial, la sociedad estará perdida.

La rama judicial es la rama desarmada del poder, la rama más débil, incluso se ha considerado la rama menos peligrosa, salvo la valentía de sus jueces para decir la verdad, tal y como la disciernen dentro de un convencimiento reglado de las funciones judiciales a ellos delegadas. Entre las hojas de papel de sus dictados y la ejecución de sus sentencias se sienta el delicado equilibrio entre el orden y el caos, entre la ley y la fuerza. El control del poder se sienta en el binomio Corte Suprema de Justicia – Fuerzas Armadas, como solía insistir Alfonso López Michelsen.

Juegan con fuego quienes invitan a desconocer las decisiones judiciales y pretenden autoinvestirse de las atribuciones judiciales que emanan de la institucionalidad vigente. Mayor estupidez no existe que la que se erige en juez del juez. La independencia judicial es el valor más preciado de la democracia. Protege al ciudadano del abuso de los poderosos y busca someter al poder a igual trato bajo la ley. Invitar a la rebeldía ante las decisiones judiciales empobrece la democracia y debilita al juez que solo tiene como medios de defensa la deferencia de los demás poderes y la volubilidad de la opinión. Se requiere mucho valor para ser juez y hablar con verdad cuando la pretendida “magistratura de opinión” busca matar al mensajero. Todo honor a los jueces.

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