¿Dónde están los lanchones?

¿Dónde están los lanchones?

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Desde la “enrastrojada” del año pasado cuando Juan Guaidó llegó a la frontera con Colombia en malas compañías, el autoproclamado mandatario no daba motivo de risa. Pero en mayo de 2020, con la rocambolesca incursión en la que una parte de los mercenarios cayó en las redes de modestos y patrióticos pescadores, en tanto otros eran abatidos por las fuerzas armadas oficiales, se dio una nueva situación tragicómica en Venezuela: ¡Rambos atrapados con       atarrayas!

Colombia no podía quedarse atrás en ridiculez y el 9 de ese mismo mes fueron encontradas aguas abajo en el río Orinoco tres lanchas artilladas de la Armada nacional. La explicación de nuestras autoridades (in)competentes fue que al parecer se “soltaron” de las débiles cuerdas que las amarraban en el río Meta y fueron a parar al país vecino rodando plácidamente por las aguas fronterizas.

Pasados tres meses del extraño episodio, la única consecuencia ha sido el retiro de 14 militares responsables de la custodia de los navíos, mientras el gobierno venezolano dice que los entregará si el presidente colombiano llama al jefe del estado de ese país y solicita su devolución.

Así las cosas, las lanchas no solo están varadas físicamente sino también jurídica y políticamente, a la vez que nadie en el alto gobierno parece responder ni inmutarse por un hecho que puede configurar peculado culposo, daño patrimonial y falta disciplinaria. La excusa, que se ha vuelto un comodín para todo, es que Colombia rompió relaciones diplomáticas con Venezuela y que Duque no va a hacer una llamada al presidente del país hermano, al cual califica como “dictador”.

Independientemente de tales coyunturas políticas es deber del presidente como jefe de estado, jefe de gobierno, suprema autoridad administrativa y comandante de la fuerza pública, velar por los intereses nacionales y por los bienes de una de las fuerzas bajo su mando.

¿Y los órganos de control? Bien, gracias. Tal vez el Contralor y el Fiscal, todavía están haciendo el balance de su visita a San Andrés Islas y preparando el mensaje que la población de ese lugar le enviaba al presidente a través de tan insignes mensajeros.

Es hora de que las cabezas de los más importantes entes fiscalizadores, autodesignados mosqueteros anticorrupción, verdaderamente se “mosqueen” y hagan algo para recuperar las embarcaciones. También están en mora de investigar la conducta de los responsables ya no solo de que los navíos se hubieran ido tan alegremente por las aguas corrientosas de los ríos y de la política antimadurista, que sin duda están más arriba de los chivos expiatorios de nivel medio o bajo retirados del servicio, sino también y especialmente, de quienes son culpables de que continúen su vida tranquila en el exterior.

¿Será que las lanchas se quedarán per secula seculorum al otro lado de la frontera o hay todavía esperanza de que el presidente Duque, en los ratos libres que le dejan sus fatigosas charlas televisivas, su defensa oficiosa de Guaidó y del “presidente eterno”, así como su afán de meter en nuestra tierra militares extranjeros, sacará tiempo para hacer el telefonazo que reclama Nicolás Maduro?

Insisto en que nada le cuesta agarrar el aparato telefónico y repatriar las lanchas, porque de no hacerlo sí puede pasar al “lado equivocado” de esta comedia de equivocaciones.

Si eso le cuesta mucho trabajo, a riesgo de parecer cínico, me atrevo a darle otro consejo, de esos que se dan a los gobernantes para dar la impresión de que se hace algo cuando no se quiere resolver nada: conforme una comisión encargada de negociar el retorno de las embarcaciones.

Lamentablemente ya no contamos con el senador Víctor Renán Barco que hubiera sido el hombre apropiado para coordinar la comisión Por su parte, la que podría ser embajadora de buena voluntad, Aida Merlano, alguna vez cercana al uribismo, tampoco clasifica, por haber perdido la confianza del ejecutivo. Por eso, para que dicho comité no se vea envuelto en polarizaciones políticas, a la vez que se da la apariencia de cumplir con la seriedad y pertinencia que exige el tema, sugiero que sea presidido por una figura de la cultura que además de estar por encima de las mezquindades partidistas, tiene toda la autoridad moral y el renombre para intentar la tan ansiada recuperación: el gran cantante lírico Valeriano Lanchas.

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