Doctor Galán, hoy le escribo con la nostalgia que se apodera del luto de una generación al observar 31 años de su magnicidio, cumplido el martes pasado. Es coherente pensar que, con la conciencia naciente de las nuevas mentes de un país, el mismo país que se levanta con afán de creer en una esperanza efímera, trasnocha en un sin sentido que lo desvela así sin más.
Aquel país que usted vio en tarima al asomarse y vociferar con la voz del futuro viendo la sencillez de un pueblo, aquella masa llena de miedos, incertidumbres por la proliferación de aquella cultura del narcotráfico, que dilapida a la más grande institución de la sociedad, la familia; me hace el cuestionarle el por qué lo hizo, ¿por qué atreverse a abrir las conciencias por un cambio social, en un país que destina a sus más grandes mentes a la muerte o el exilió?, ¿Por qué hacerlo aun sabiendo que el país no le reconocería aquel gran esfuerzo?, aquel mismo esfuerzo que lo convertiría en más allá de un político en un ser humano desaparecido de los cuadros de presidentes, del cual pudo usted haber sido digno.
Puedo imaginar a ese mismo hombre delante de la selva amazónica, con aquel sombrero volteado mirando al horizonte sonriendo tal vez, y con las palabras de fondo de aquel 18 de agosto de 1989, pronunciadas por el expresidente Misael Pastrana, las cuales fueron “mataron no solamente al presente, sino también al futuro del país” esa sola frase que se vuelve un eco en mi mente, al querer pensar ¿qué hubiera sido de Colombia si aquel joven Javeriano, que escribía para el medio Vértice, no se hubiese interesado por caberle el país en su cabeza?.
Deseo contarle que el país que necesitaba una reforma agraria y política, logró hacerlas, pero mal implementadas; y que el gobierno de hoy del joven Iván Duque, enfrenta más allá de una crisis económica, una moral que fue calando hondo, desde que este país lo perdió y no supo escucharlo, porque realmente estaba usted adelantado a su época.
Quisiera decirle en esta carta que todo valió la pena, que el país ahora cuenta con vías ferroviarias que unen a todo el continente latino americano, volviéndose así un centro de saberes entre los jóvenes, pero lastimosamente no es así. Tal como escribió William Ospina en la obra “¿Y dónde está la franja amarilla?” Tal vez es deber de los grandes escritores, columnistas y pensadores adornar las palabras al contarle las grandes derrotas y triunfos de un país, que lo necesita y requiere hacer de aquel lenguaje de la oratoria al final de cuentas la conciencia con el mundo exterior, del cual usted logró volverse el medio por su voz con las clases sociales más populares, me hace el rendirme en la soledad del frío de un yo frente a un portátil, escribiéndole a la Colombia polarizada ,entre un negro y un blanco, que el rojo suyo por el cual dio más de lo que este país le entrego, aún vive.

 

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