Por:

La tarde adormecía a mi vista. Me hallaba frente al maestro Joche Álvarez, (su nombre de pila) quien narraba de una manera casi viva, como si pudiera tocar con mis ojos, aquel Ovejas Sucre que ahora solo existe en la nostalgia de su memoria; el pasado de la gaita, de una manera intrínseca, propia del mundo etéreo, su figura, es la que comenzó junto al maestro José Antonio Cabrera, lo que conocemos en el presente como el Festival Nacional de Gaitas, convergiendo en el ahora con su hijo que, como es costumbre en estas tierras, su nombre es replica de su antecesor, dando el legado del talento, transformándose en un posible futuro con el alumno de ambos maestros Hernán Velázquez Meriño.

El maestro Joche Álvarez me contaba cómo en ese ayer, él se vio a sus ocho años junto a su padre en una finca en pleno Montes de María, en Almagra, en una noche fría escuchando a su hermano mayor Modesto Álvarez y un primo Leonardo Paredes, tocar aquel instrumento que lograba un sonido particular, ese mismo que se le quedó incrustado en su mente; ese pito, esa chuana, no podía ahora olvidarla. La escuchaba en el paisaje mientras caminaba, pensando en aquel momento que la gaita era el mayor emulador de la música, de los seres como los mochuelos que abundan en esta región, legado de los indígenas. Junto a su hermano y su primo se volvieron en sobra los mejores acompañantes de cada velación que había en el pueblo, como si aquello se tratase de emocionantes cruzadas por seguir con ese amor de un joven por la música de sus bisabuelos.
Cuando la sequía agotaba a los campos, el campesino recurría a las velaciones con la esperanza, de que con aquel instrumento en medio del morir del último rayo del sol, se recuperase el cultivo que se daba como perdido, el maestro su hermano y primo se arrodillaban, persignaban delante de la imagen de Francisco de Asís y comenzaban a tocar, como una súplica, un deseo de la gracia de un pueblo, de sentir de nuevo la brisa como acompañante de los cántaros de la lluvia, que se estrellaban, contra la tierra árida, volviéndola mojada.
Es así que para avisarle al pueblo para que todos asistieran, el maestro agarraba a un niño, subiéndolo a un burro, y mientras al casqueo de las patas de la bestia, el pequeño llamaba durante tres días, casa por casa, a cada persona sin miramiento, qué todos podían ir a adorar al Santo, claro era si tocaban la gaita, bien fueran Alejo Mendoza, los Luna, Mercado, cuando el Santo estuviese por la tarde era recibido con la música, de aquellos pitos, hembras y machos, ya no solo se trataba de una excusa por comer chicharrón y beber Ron Blanco de Cartagena, sino de algo mayor: la Fe de los Gaiteros.
Junto a su amigo Tonio Cabrera, comenzaron a darse cuenta, que la Gaita tendría un papel importante en las próximas generaciones; de ahí nació la idea junto a otros dos maestros llamados, Alejandro Pineda y Domingo Rodríguez, de crear un evento, del cual aún no tenían nombre; mientras contemplaba la noche el maestro sentía cómo lo llamaba aquella tierra como si de Asunción Silva se tratase, aquella brisa fresca, ese silencio, que era necesario que fuera roto por un golpe al tímpano por parte de la Gaita lo que se volvió en un hecho necesario y trascendental, que en sus palabras, aquello era macabro, pero de gran significado.
Aquel hombre hoy octogenario, es la conexión principal de un pasado lleno de bosquejos y de un presente, con su enseñanza impartida a su hijo, Joche Álvarez JR. Entonces, puedo sentir ese olor a tabaco, escuchar los sonidos fuera de la casa de las personas caminando, un padre y un hijo junto a más los niños reunidos, tocando aquel instrumento; hoy es en el presente vivo de su padre, la construcción poética, su rasgo particular de mantener el legado de la interpretación de aquellas notas peculiares, indistintas, autóctonas de esta tierra.
Cada vez que su hijo interpreta, canta canciones propias y de él, sale a flote como del despertar del mochuelo aquella emoción que alumbran sus ojos.

Presente de la Gaita…

Hoy, cuando pensamos en un referente que haya consolidado las escuelas de la gaita en Ovejas, Sucre, tenemos que hablar del también maestro Joche JR, quien ha expuesto en las distintas universidades de Colombia, como la del Rosario y, los Andes, esta música ancestral, que dentro de sus composiciones, costumbristas, muestra una imagen conservadora, casi como un hombre concebido por las casas de este mismo pueblo de estructuras, republicana y coloniales; Entonces me queda claro en sus palabras que esta tierra no es solo de tres días de festival, que esa cultura, esa identidad, debe seguir construyéndose, para que vaya más allá y prevalezca al pasar de las generaciones en los corazones, de lo que él llama este terruño, y puedo ver también a Joche Jr acompañado de muchos niños, en medio de tardes calientes, a pies descalzos, tocando las piedras, el pavimento, yendo a la casa de aquellos dos maestros, puedo describirlo como un centro de enseñanza con un deseo en algún día impartir en las escuelas Ovejeras una cátedra sobre la Gaita.
Cuando le pregunto a Joche Jr sobre el futuro piensa en las generaciones venideras, él tiene claro que el legado de los pasados y presentes gaiteros, consiste más allá de la magnitud del Festival Nacional de Gaitas, en que en cada competición un referente es este pueblo, en sus palabras compiten todos contra los ovejeros, el hace una pausa y me dice que me tiene un nombre, un joven blanco, de un metro con noventa y tres, nacido en Cartagena de Indias de familia Ovejera, que desde sus doce años hasta sus diecinueve vive acá; se trata de Hernán Velásquez Meriño, estudiante de Ingeniería de sistemas de cuarto semestre, ganador con su grupo Raíces Gaiteras de todas las categorías del Festival de Gaitas exceptuando la profesional, la conexión que existe entre Joche Jr y su dicente, se da gracias al deseo del segundo de aprender y fortalecerse más en este campo artístico. Impresiona bastante cómo un niño de doce años, que igual al maestro Joche Álvarez se enamoró de esta gaita a temprana edad, al escuchar ese sonido, de treinta y siete alumnos de ser el peor, se convertiría hoy en el mejor expositor del futuro de la gaita, ganando la categoría infantil, llegando a emocionar a padre e hijo, al verlo interpretar aquella canción llamada, “no me llores muerto”, convirtiéndose desde entonces, en una gran promesa de este arte.
Los tres reflejan un pasado, un presente y un futuro, que solo existe por la necesidad de un pueblo, en ir más allá de aquella cultura que hoy llamamos la música de Gaita.
Julián Enrique Beltrán Méndez.
Copyright © 2020 C Julián Enrique Beltrán Méndez. Todos los derechos reservados

Leave a Reply