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Antes de cumplir 20 años fui violada 4 veces (por un jefe, en una entrevista de trabajo, por un desconocido en una fiesta y quien fue mi pareja luego de una pelea) y mi primer recuerdo de una agresión sexual se remonta a los 6 años a manos de un familiar lejano quien era un adolescente. Yo soy una mujer mestiza, nacida en la clase media, con una crianza matriarcal, no puedo imaginar lo que viven mujeres racializadas, empobrecidas, más marginadas y vulnerables.

El 25 de mayo se conmemoró a nivel nacional una fecha que busca recordar a las personas que fueron víctimas de delitos de agresión como se le denominó a las violaciones y vejámenes contra la integridad sexual de las que son víctimas las personas en el marco de los conflictos, y especialmente aquellas leídas como femeninas. Esto, después de que se reconocieran , las violaciones como método de exterminación del enemigo en el conflicto de  la antigua Yugoslavia y por ende crimen de guerra en los conflictos armados  reconocidos posteriormente en cualquier parte del mundo.

En la antigüedad, entre griegos, romanos y hebreos las mujeres formaban parte del botín de guerra junto con las tierras y el ganado. Las mujeres de los vencidos se convertían en esclavas, concubinas, excepcionalmente en esposas de los vencedores. La guerra de Troya tan poéticamente descrita en “La Ilíada” cuenta los episodios de violación y esclavitud de las mujeres troyanas. Las referencias abundan también en la lectura del Antiguo Testamento. Se sabe de los líderes animando a sus soldados al combate con la descripción de la belleza de las mujeres griegas, se entiende entonces que la licencia para violar era considerada el mayor incentivo para los soldados que participaban del asedio.

En la guerra nadie gana, me queda claro, pero considerar a las mujeres, su cuerpo, su dignidad y su integridad un método o un incentivo en una guerra que ellas nunca proponen, es aberrante, sin embargo, no se alcanza a percibir a simple vista la magnitud de estos delitos y la empatía no alcanza a llegar a muchos más a allá de quienes son víctimas directas. Y  eso sucede porque el cuerpo femenino ha sido y sigue siendo cosificado, deshumanizado; entendido como un instrumento que funciona para demostrar poder, como una pared sobre la cual se cuelga un mensaje desgarrador y sangriento , en el que  quien escribe pretende decir  “YO PUEDO” y por ende “ YO SOY”

Poder basado en la subordinación de las otras, eso es  lo que se busca cuando no se pide consentimiento, cuando se impone la opinión, el roce, el toque, el beso, la penetración. No nos equivoquemos, no es placer lo que busca quien viola, es la reafirmación de la superioridad. Como quien despoja a las campesinas de su tierra; como quien provoca un incendio en la selva; como quien impone su ideología, sus creencias y su modelo político a través de las armas. Es la mentalidad colonizadora la que da pie a la cultura de la violación y es la masculinidad inacabada y frágil impuesta por el patriarcado la que con saña se lanza sobre los cuerpos feminizados, convirtiéndolos en blancos perpetuos  del asedio.

La razón diría que los tiempos del pillaje, los humanos como botín , propiedad  o como símbolo de status  son cosas de un pasado lejano, pero en nuestras familias, en nuestras comunidades y en las personas que dominan las estructuras sociales , el patriarcado y la colonización están presentes y no solo en el marco del conflicto, es en el conflicto donde se exacerban pero, desafortunadamente , esas formas de pensar enajenadas están vivas en nuestra cotidianidad y nos gustaría creer que frases como “ yo la mía la quiero sin pelitos”; “ yo la mía la quiero selladita”,” a esa le cabe desde los 8 años”, “ mírala, es una busconsita desde los 3 años”, “ que hacía a esa hora, en ese lugar, vestida así”, “ los hombres tienen necesidades”, “la lealtad se demuestra de rodillas”  “ te haré mía”, “ serás mía”, ¡ cuánto vale esa niña? ¿cuánto vale ese niño? , “ mira como me tienes, no me puedes dejar así”, “ mira esa puta” , “ todas son putas” etc. Etc. Etc. Fueran palabras dichas por monstruos horribles y a todas luces enfermos y fáciles de identificar, pero son conductas de ciudadanos considerados perfectamente normales y funcionales, son la mayoría, porque no han sido críticos en como construyen su persona, solo siguen la corriente que les impulsa a negar la humanidad de las demás, para poder sentir que son mejores y existir con éxito.

Yo me escandalizo porque un dizque humorista de una familia de presuntos paramilitares, se mofa de como algunas tradiciones indígenas siguen la ruta de la ignominia ante los ojos nada perplejos de los “blancos”, y lejos de detenernos y preguntarnos ¿qué es lo que realmente pasa, donde realmente estamos fallando? Por qué el 40 % de las mujeres del mundo denuncia haber sido víctimas de alguna agresión sexual? ¿O por qué las agresiones sexuales han aumentado durante la cuarentena? Nos quedamos en la actitud de negación y de mero reproche al lenguaje.

Es momento de reconocer que hay matrimonios forzados en las comunidades indígenas; que hay comunidades marginales, donde los matrimonios se realizan para “rescatar a la familia de la miseria” a cambio de la VIDA y la integridad de las mujeres. ¿Vamos a negar que existe la trata de personas con fines de explotación sexual y matrimonios serviles? ¿Vamos a negar que todas sentimos miedo y nos sentimos como presas en las calles y muchas veces en casa? ¿seguiremos negando que el hecho de que existan normas de vestimenta donde se obligue usar uno u otro atuendo es en sí mismo una muestra de cómo los cuerpos feminizados son normados para ser vistos  y exhibidos?

La locura colectiva, las elites sociópatas, la vida aspiracional de los marginados y la masculinidad inconclusa y demostrativa siguen viendo en la posesión del cuerpo femenino un símbolo de ascenso social y un derecho de nacimiento. Dicha idea pone en extremo peligro los bebés recién nacidos tanto como a las monjas célibes y recluidas y por supuesto a todas sin excepción, quienes crecemos con el miedo enquistado en nuestra conducta, pues nadie como nosotras siente que desde su nacimiento corre el peligro inminente y me pregunto si es justo crecer pensando que nacimos para ser violadas y que solo es cuestión de tiempo.

Quiero creer  que la indignación es real, porque la rabia es legítima, pero las acciones de transformación no avanzan, pues, aunque la ley cambie, si la cotidianidad no libera los cuerpos y las expectativas de las mujeres es imposible pensar en un mundo mejor.

Calladita no me veo más bonita

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