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En un cielo abierto hasta los límites de mis pupilas contemplo, el equilibrio del ligero de las palmeras, frente a una alcaldía en ruinas ennegrecida, conservando un color azul celeste que brilla al sol caliente, camino entre sus gentes viejos sentados frente a sus casas siendo cargados por sus años, con olor a tabaco, mientras el antaño del olvido me recuerda lo hermoso de la miseria, la belleza de ella.

Durante los 3 años de vivir en esta tierra me hastiaba su tranquilidad pacificada por el conflicto, una repartición de balas por cada ser vivo, dentro de una zona roja, olvidada por el estado, mi padre me cuenta que, al sonar de las armas, el pueblo se apagaba, escondiéndose debajo de las camas recostándose sobre las baldosas, hasta que el viento reprimido pasase.

Este relato en específico me hace comprender el origen de la corrupción, siendo esta una desigualdad social, promovida por el estatus quo, fundamentada en un pueblo sin razonamiento crítico, don Roberto Beltran ex político y familiar me expuso en charlas comunes de un joven de 16 años con un señor de 84 que la realidad de cualquier conflicto está en la injusticia, pero que la misma justicia, no es medida en este mismo sentido.

Es una tierra sin sentido, recorrerla desde las calles vereda les que no fueron, de los colegios, bibliotecas que no sucedieron, me llevan a profundizar en el retraso y su retazo tal al dibujo de un niño pequeño sobre una tierra colorida, con gente sin prismas, dentro de mi realidad la compra y venta del voto, es descarada, siendo parte del tradicionalismo que acostumbro desde hace más de 20 años al elector, a rescindir su dignidad a costas de soluciones rápidas, es que las masacres orquestadas y narradas en obras como violentologia nos muestran la situación de barbarie que vivió los Montes de María.

Hablamos de una cifra aterradora hasta el año de publicación de esa obra más de 6 millones de víctimas, entre ellos campesinos, que incluyen la masacre de chengue, sentimos una realidad frustrante al observar que la reparación por la paz, no ha solucionado el daño psicológico que ejerció la coerción, en esa tierra, niños frente a sus casas sin tocar un solo balón o jugar, niños dejando de ser niños por temor a que un día, la guerra vuelva a resonar, estallando otra vez.

Queda claro que la violencia ejercida por los grupos armados hace más de 20 años colaboró a que la cultura de la corrupción permeara las instituciones públicas, el Ovejero se enfrenta a una realidad de frente, en la zona urbana la Alcaldia, Mercado y puesto de Salud parecen no existir aun estado ahí, las instituciones, quedaron a la merced de una masa, sin conciencia ni objetividad más allá de las redes sociales.

Es comparable con la Rebelión de las masas por José Ortega y Gasset, el cual nos dice que la maza cuando cree en los caudillismos no es objetiva, critica es boba y sonsa, el discurso vendido por los políticos, históricamente, es un calmante de la realidad, pero no una solución real.

Observamos a un pueblo desamparado olvidado, recordado por los subsidios del gobierno y recibos de servicios públicos, siendo el mismo centro de subdesarrollo cultural, en medio de las casas pintadas mientras se asoma cualquier persona alrededor de esos montes, verdes, bellos retazados, por pinceles, de un creador que pareciera no acordarse de ellos, la cultura de un pueblo se cultiva allí, en sus casas, cuando el político en campaña se acerca a una de ellas queda claro por su trato lo que el pueblo y él se esperan mutuamente.

La compra y venta del voto se hace de frente una competición, de quien da más se ejerce, casi como una comedia, de televisión, encontramos los personajes recurrentes, el político llega a la casa saluda amablemente y comienza a hablar de sus propuestas, las personas presentes lo escuchan atentamente, intervienen con lo siguiente, ay mijo, pero si el techo se me está cayendo, ay papa mis hijos no tienen pal trasporte, es una forma maquillada de pedir.

Parece que esa franja amarilla que narra Willian Ospina nos inmergió con una cultura, del ahora, nos fundamentó en nuestras raíces a la vida del cemento, si no hay calles hechas, obras tocables, no hay progreso.

Parece que ese delgado margen, que divide a la franja amarilla con nosotros, se ve más profundo y orquestado por la miseria, que permite la necesidad, trayendo desigualdad, permitiendo, que un pueblo con necesidad sea fácilmente complacido con cualquier obra en cuatro años de gobierno que no signifique un progreso real, ya sea en lo laboral, mejorando la economía local, o en cualquier campo natural que traiga la dignidad.

Es la corrupción, aquel cáncer que visiono Eduardo Posada Carbó en su obra La Nación Soñada, exponiéndonos la metástasis, de esta problemática social, expuesta por Carlos Gaviria, que en cifras vendría siendo 50 billones de pesos anuales, una persecución critica a los intelectuales, los mismos sectores alternativos quedaron obsoletos, no marcaron, no pegaron, se dividieron casi como una plastilina, separada, desunida por su sectarismo natural, concibiendo la política, como un ejercicio social, pero no siendo capaces de lograr igual que los tradicionales, de enamorar a un pueblo, emocional, que se activa cada cuatro años en colores que polarizan y dividen familias.

Entorno a un hombre, un nuevo caudillo que los desilusiona, dejándolos a la merced, para volver a retomar este eterno retorno planteado por   Nietzsche.

Es fácil juzgar exiliándose de una manera existencial de este pueblo hermoso en su silencio administrativo, y aun sonando a cliché, típico de un estudiante sin ideas, inventando palabras para llenar un espacio en una hoja y un número cifrado de palabras, el pueblo se está cansando de esta realidad, así sea votando mal, pero se está cansando, Colombia no es la misma que hace algunos años, como lo expone Ariel Ávila Politólogo de la Universidad Nacional, el 27 de octubre de 2019 Ovejas quedo marcado, al contar con más de 3 sectores políticos alternativos, que pesar a su sectarismo, falta de estrategia política les falto mucho para hacer del discurso realidad.

Casos exitosos como los más de 500 votos, sumados entre todos los alternativos alientan a una nueva realidad.

Desde mi infancia a la edad de entre 7 o 8 años leí una obra magistral que me impacto, releyéndola hasta el cansancio, El Olvido Que Seremos de Héctor Abad Facilionse, me dolía y soltaba las lágrimas, al no desear comprender como una sociedad reprimida condena a ciertos hombres con ideales, siempre seleccionados, por contar con un querer social, con una voz que toca, trasmitiendo emociones, la condena a una tumba, derivada a un perseguimiento político, tal al de un pueblo desangrado concebido, desde sus venas abiertas.

Hay un extracto que me marco para entender la unión del conflicto a la desigualdad y está a la corrupción.

Cuando señalaron al médico Héctor Abad padre, sobre que sus manos tenían sangre, persecución política por su liderazgo social, que logro descubrir, como múltiples enfermedades se debían a que los tubos donde va el agua estaban repletos de gusanos, el respondió, que sus manos solo eran manchadas por la tierra para plantar rosas en su casa.

Regresando a Ovejas comparo esas rosas de colores con casas dentro de la zona urbana y montes donde habitan seres emocionales, bellos diversos, concebidos, por hijos dolidos, por una gaita y un festival internacional, que calma las ansias de un pueblo.

Es el mismo pueblo que cultiva su historia en cada casa, barrio destapado, veo niños correr tras un balón, ancianos orgullosos despejar la tarde tibia con una sonrisa, veo un pueblo aún más consiente, deseando ser, diferente, entendiendo que su propia desigualdad, se une a la corrupción, la misma que les recordara cuando vuelva el político otra vez en tres años la esperanza de una nación soñada, un retorno constante, el recuerdo de nuestra cultura en su historia concebida en violentologia, orquestando, en este pueblo con cada habitante finalmente el olvido que seremos.

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