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Dos grandes errores

1. Ser demasiado permisivos
Satisfacer las necesidades de los hijos no implica satisfacer todos sus deseos, ellos no conocen los límites y nosotros debemos discernir entre una necesidad y un capricho; esto no siempre es fácil ya que la satisfacción de un capricho puede ser una necesidad real para un niño. El niño al que se le da todo lo que quiere se puede hacer una idea equivocada del mundo, pensar que tiene un derecho innato le puede causar problemas graves de enfrentamiento con la realidad cuando sea adulto. Otra consecuencia puede ser que el niño no aprenda a resolver conflictos, si los padres siempre dicen que sí a todo, no sabrá negociar y se encontrará en desventaja cuando sea mayor.

La excesiva permisividad surge cuando los padres no dedican suficiente tiempo a sus hijos y les compensan dándoles lo que quieren. Es evidente que los regalos y las chucherías son pobres sustitutos de los padres y solo empeoran las cosas.

2. Ser demasiado rígidos
La rigidez exagerada es tan dañina como la permisividad excesiva, lo que es válido un día puede no serlo al siguiente. Las necesidades de los hijos son complejas y requieren que los padres se den cuenta de sus pormenores.

Sí explicamos a los niños el porqué de nuestras decisiones, verán su lógica (aunque no estén de acuerdo), y las acatarán con más facilidad.
Los hijos educados con flexibilidad tienden a transformarse en adultos más seguros y abiertos que los que han sido sometidos a reglas arbitrarias y rígidas.

Hacerlo bien es sencillo, por un lado hay que tener cuidado de no ser rígido; por otro no debemos pasarnos de permisivos. Hay que imponer un orden, sin ser autoritarios. Debemos tener buena relación con ellos, pero no llegar a ser un amigo más. Hay que respetarles, sin tener miedo a echarles una bronca si hace falta.

Parece una tarea imposible de realizar, pero la educación, más que una serie de acciones, consiste en estar con los niños día a día. Si nosotros estamos tranquilos y contentos, ellos también lo estarán.

No conviene dramatizar. Si nos equivocamos hoy, lo compensamos mañana. Si estamos de mal humor y los tratamos injustamente, con pedir perdón y explicarlo queda todo arreglado.

El secreto está en tener un contacto profundo y verdadero con los hijos. No basta con estar simplemente en la misma habitación. Hay que escucharles, mirarles sin prejuicios y aceptarles tal y como son. Cuando existe este contacto profundo, los padres no tienen problemas para discernir qué hacer en cada situación, pues sienten las necesidades de sus hijos como si fuesen las suyas propias.

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