Hasta hace poco con las elecciones de la América del Norte y el escándalo de Pacho Santos, junto al gobierno nacional en aquella contienda política, me cuestione si realmente aquellos nacionalismos implantados desde nuestra infancia, desde un himno que suena de manera puntual a las 6 am y luego 6pm, si la realidad que vitoreamos con cada logro nacional en verdad importa o no es más que un sistema histórico perteneciente a un control estatal de las emociones de aquellos seres, que son la razón de ser de cualquier estado, el pueblo.

Gaitán mencionaba que el hambre no es roja ni azul, es pálida como la muerte, pareciera entonces desde mi perspectiva de joven, que desde mi infancia me declare a sí mismo un nacionalista, el cual  cantaba con pasión mientras se le erizaba la piel aquel himno creado para identificarnos, dándonos una identidad frente a los demás sujetos del mundo, que  las emociones dentro de la política juegan un rol importante, nos hacen sentir aquella empatía frente a un político o antipatía con otro; si bien alguno de los dos no representa nuestros ideales personales construidos por un interés en común, la subsistencia personal se ha vuelto la materia a trabajar por la ciudadanía en general.

En mención a todo lo anterior, imaginar a aquel ilustre ciudadano que se levanta temprano a las 6 am, tararea el himno nacional mientras se baña con agua fría sin titubear, va a su trabajo rindiendo plácidamente para ganarse un mínimo que sabe distribuir entre los gastos personales, no tiene horas extras, pero hace de milagro el poder pagar la universidad de sus hijos y no se sintió identificado cuando la vicepresidenta Marta Lucia Ramírez menciono que el covid afecto a las familias que no ahorraron.

Aquel ilustre ciudadano solo le pertenece al imaginario gubernamental de un estado nacional, así como lo medito, pareciera que las políticas nacionales se enfocaran en creer en aquel cuento criollo, de que estos más de 45 millones de habitantes son ciudadanos ilustres, dignos de un capitalismo chimbo vendido en materia nacional como una sociedad de competencias, que termino al mando de las mentes más frágiles en su comprensión del poder. Si bien la idea de un ilustre ciudadano no es más que la crítica a aquellos pensamientos enfocados en polarizarnos, porque en cuestión habitamos este territorio, recibimos medidas locales y nacionales en materia de enfoque público muy pobres mientras, la propia necesidad es controlada por la misma ciudadanía.

Nuestros mandatarios no ven al hombre en general, ven al ilustre ciudadano, porque en cada intervención, mención anual en las Asamblea General de ONU, es básicamente un discurso creado a ese tono. Un país que según lo que mencionan ellos no desmejora con cada medida restrictiva, con cada arancel puesto en nuestros productos importados, con una mala gestión de nuestra política internacional bipartidista, con un TLC que consume al campesino, con aquel ilustre ciudadano que se eleva a la par de una bandera, al ser llamado siempre un sueño para aquellas generaciones que creyeron de manera poética en la constitución del 91.

Esas ideas nacionalistas que nos permiten creer en el mandatario de turno y nos permiten ver a aquel ilustre ciudadano como el reflejo de un Narciso, frente al lago de nuestras glorias locales, nacionales, dejando al ilustre ciudadano encantado con su propia belleza, por aquel mal reflejo en cada marketing político, olvidándonos de construir políticas públicas configuradas en la muerte de aquel ilustre ciudadano y si más bien en el nacimiento del hombre como ser suficiente, fuera de aquellos ideales que mal implementados nos han divido, dejándonos a merced de una Colombia pensada para aquellos seres esperando a virtud de los mismos el volverse en aquella rosa congeniada por el egocentrismo, de aquel ser hasta entonces desconocido por un pueblo idealista vaticinando en cada acontecer nacional el ilustre ciudadano.

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